Una pequeña y borrosa fotografía. La única imagen que se conserva del cohete VfR1, la culminación del “Proyecto Magdeburgo” que en 1933 llevó al primer ser humano, el alemán Otto Fischer, al espacio exterior. Aunque auspiciado por el Ministerio de la Guerra y financiado por industriales y banqueros de todo el país como una manera de demostrar al mundo la superioridad tecnológica alemana, el autentico y secreto propósito del Proyecto Magdeburgo era zanjar un debate que amenazaba con crear una división irreversible en la cupula del Reich, una división que no se ceñía tan solo a la manera de conducir el futuro esfuerzo de guerra. Era, por encima de todo, una división entre cosmovisiones. Por un lado, los fervientes seguidores de Peter Bender y su Teoría de la Tierra Hueca (Hohlweltlehre). Por otro los racionalistas, que negaban aquella teoría de todo punto. El lanzamiento vertical del VfR1 se concebió como la prueba final. Si Otto Fischer llegaba a las Antípodas, los creyentes en la Tierra Hueca demostrarían estar en posesión de la verdad. Si en cambio Fischer alcanzaba el páramo estelar, el bando copernicano prevalecería.
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