Una vez dejados atrás los garfios y pinzas típicas de piratas y trabajadores fabriles, el siguiente desafío al que se enfrentó el desarrollo de miembros prostéticos fue que su motricidad respondiera a los deseos de sus dueños. En los años finales del siglo XIX, D B Becker creó la primera de las manos con biosensores, la Lock Grip Hand, que como podemos ver estaba dotada de una miríada de capilares sensibles que mediante delicada cirugía se conectaban a los nervios del recién amputado, permitiéndole así recuperar funciones de complejidad moderada. El salto en funcionalidad con respecto a anteriores prótesis resultó tan portentoso que el siguiente modelo creado por Becker, la Imperial Hand, fue usado por el mismísimo Karl Rotwang.
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