Las armas de microondas de alta potencia, las así llamadas “pistolas desintegradoras” o “de rayos” nunca llegaron a ser utilizadas en combate real por las fuerzas armadas. Por lo general eran poco fiables, consumían mucha energía y no podían ser utilizadas en campo abierto porque la humedad ambiental podía neutralizar sus efectos. Sin embargo, algunos de los prototipos producidos por el ejército llegaron a manos del crimen organizado y fueron utilizados con frecuencia en ajustes de cuentas y guerras de bandas durante la década de 1940. Estas armas resultaban ideales en este tipo de ejecuciones porque reducían a sus víctimas a un monton de cenizas imposibles de identificar y porque privaban a las familias rivales de la posibilidad de llorar a sus caidos en funerales de féretro abierto.
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